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Amaia Kam Cambra, buena amiga, mejores ojos. |
Cada uno de nosotros tenemos un diamante dentro del pecho, que con recelo guardamos y no dejamos ver a nadie, para ser sólo nosotros quienes notemos el placer de sentirlo resplandecer dándonos sentido desde dentro.
Pero, a veces, sin quererlo y sin impedirlo, se nos desliza hasta el exterior un brillo especialmente diferente que sube por la garganta y se refleja en la mirada. De vez en cuando, si te paras a mirar en las pupilas de la gente, depende de quien sea, cómo mires y en qué momento lo hagas, se logra ver un destello inconfundible… aunque no es fácil conseguirlo porque, a las personas no nos gusta mirar a los ojos, como los ladrones de guante blanco, creemos que nos podrían robar el diamante que llevamos escondido.
Cuando nacemos, esta piedra preciosa es tremendamente grande, espinada y deforme, y a medida que vamos creciendo, a base de pulirlo, se va adecuando a nuestras maneras y va adquiriendo forma. Yo, que me he ido fijando, he apreciado formas de todo tipo que además van cambiando con el tiempo. Hay diamantes en forma de redondo, de cuadrado; de cubo de Rubick, de peonza de cuerda; de ombligo, de ano; de mofletes, de nalgas; de jungla, de bosque; de caviar, de caldo de sobre; de pies en la tierra, de cabeza en las nubes; de testigo, de culpable; de soledad, de fiesssssta; de pájaro en mano, de ciento volando; de té de mediodía, de whisky de madrugada; de tango, de blues; de viaje en globo, de travesía en góndola; de pastillas para dormir, de relojes para despertar; de lectura, de sexo; de frente, de espaldas; de ventrílocuos, de parlanchines; de chocolate espeso, de fresca sidra; de gaitas, de gallegas; de última copa, de primera tostada; de quejas, de soluciones; de buenas, de malas; de culpa, de vergüenza, de orgullo, de hubris; de matriculas de honor, de aprobados raspados, de suspensos; de todo en general y de nada en particular.