Quiso irse lejos sin dar motivos, vaciarse de lo que era
y no necesitar controlar nada, solo quería ser verdad entera, ni siquiera
humana, algo mucho más lejano, sin preguntas ni respuestas, solo quería ser
fiel a ella misma, algo sin nombre, sin raíces ni futuro, disfrutar sin prisa y
que el tiempo no tuviera sentido.
Se fue lejos, desnuda para deshacerse de todo, se tumbó
en aquella colina verde en la que la hierba infinita besaba con ternura al sol
que le daba la vida. Dando igual lo que tenía sentido y lo que no, todo se
volvió sueño y el sueño vida que no necesitó para sentirse del todo llena y
vacía a la vez.
Entonces fue cuando sus piernas, seguidas de sus muslos,
explotaron convirtiéndose en una manada de peces plateados que saltando en las
olas de la hierba surcaron el prado haciendo que el sol reflejara en sus
escamas, llenando el día de vida, como la mañana que, llena de energía, hace
que todo sea posible.
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Se abrió en dos y
sus entrañas se convirtieron en ruiseñores granates pidiendo libertad, llegando
hasta las nubes blancas, tintando el cielo de un atardecer tenue que con su luz
sombría provocó toda una tormenta de melancolía.
Y el viento alzó su pelo negro en mil murciélagos que
consiguieron la noche para acabar con todo aquello sumiendo al cielo en una
revuelta de sentimientos que no hacía falta que dieran la cara.
Ella fue todo aquello, el día, la tarde, la noche, la
vida, melancolía y la muerte, donde todo se acaba, donde la verdad resurge. Se
fue como vino, pero no quiso llevarse nada, porque nada le pertenecía. Se fue
como quiso, tranquila y libre.