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Reloj Docoupage |
Te juro que en vez de cabeza tenía sobre los hombros un reloj enorme de pared con agujas, y en la punta de estas como los caracoles, me miraban unos ojillos redondos, que si hubieran sido las dos menos diez pase, pero siendo las seis y media sin dar aquello no había por donde cogerlo. No obstante su cuerpo fofete iba bien vestido, de traje de tres piezas en marrón clarito con una pajarita azul cerúleo y un sombrerete redondo, vamos que no se podía negar que tuviera estilo e incluso lo hubiera considerado atractivo de no ser por su evidente deformidad. Con una parsimonia casi humana, el tio estaba tranquilamente fumando una pipa de marfil con motivos florales, supongo que fumando vamos, porque a pesar de que la sujetaba en su mano, no vi boca en aquel cuadro por donde pudiera fumar. Y bueno, tranquilamente hasta que me vio, como yo hasta que lo vi a él.
En el momento me quedé tan petrificada que hasta mi mente sufrió un bloqueo total y él tampoco se movió para nada. Creo que perseguía la ilusión de que no me diera cuenta de que estaba allí sólo porque estaba quieto, como en el un, dos, tres al escondite inglés, así que lo único que se movía en toda la habitación era el segundero que no paraba de dar vueltas. Esto fue lo que terminó hipnotizándome hasta casi perder la conciencia.
Así, mirándonos sin creernos del todo, nos pasamos media hora, hasta que dieron las siete en punto y el gorrión que habitaba en el centro de su faz, aunque aparentaba estar dormido, saltó desde su escondrijo como si la vida le fuera en ello, tantas veces como horas marcaba el gigantesco cabezón de aquel tipo, haciendo que éste saltase sorprendido también a la vez que yo chillaba tan agudo que casi revientan los espejos, las estanterías se derrumban y se me salen los ojos de las órbitas.
Pensé que me venía a visitar el mismísimo monstruo del tiempo y el horror recorrió mi cuerpo empezando desde la cabeza saliendo por mis pies pasó a través del suelo a las paredes y de ahí al techo donde topó con el fluorescente que terminó por ceder al temor, y en forma de fuegos artificiales, explotó.
“¡¡No se asuste, no vengo a pedirle puntualidad!!”, dijo.
“Ah… ¿no? ¿Lo dice usted de verdad?, entonces… seguiré durmiendo”, dije yo.
Menudo susto tan tonto…
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Arantzazu San Agustín, "Monstruo del tiempo" |