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viernes, 16 de marzo de 2012

Desde que lo dejamos

René Magritte, "Grupo de gente"


Desde que lo dejamos, lo veo por todas partes. Salgo a la calle, como cuando salíamos antes a dar esos larguísimos paseos por las aceras de la ciudad cogidos de la mano, y no puedo evitar verlo en las caras de la gente, y cuando acaba el día es mucho peor, veo su rostro en el reflejo de mi ventana hasta que sale el sol, sola en mi cama, pasando frío. En general, tengo la sensación de notar su presencia y estar viéndolo a todas horas.

He tenido que pedir una orden de alejamiento, porque me perseguía por la calle, me espiaba por las noches y no me dejaba en paz. ¡Lárgate de una vez, pesao!

martes, 24 de enero de 2012

Relatillo III: Enchufados



Power Strip - Ruth Whiting 2005


Había evolucionado tanto la humanidad que la gente no dormía, simplemente se enchufaba a la corriente eléctrica y se cargaba las pilas, aunque durante ese rato tubieran que estar desconectados, que era como dormir pero de una forma deliberada, una decisión de aquí y ahora, como una narcolepsia controlada.

No había sido un buen año para ella. De la noche a la mañana, se había quedado casi sola en el mundo y estaba de camino a quedarse totalmente sin nadie. A su la abuela, que ya empezaba a despistarse, se le olvidó desenchufarse antes de darse un baño y murió electrocutada en cuanto metió la punta del dedo gordo del pie en la bañera; la madre, tropezó con el cable del padre, se clavó el cuchillo con el que estaba cortando tomate en el pecho y nunca se supo cuanto sangró porque en el charco no se diferenciaban las sustancias; el padre, en ese momento tenía el cable anudado al cuello en forma de corbata porque era la última moda, así que con el tropezón de la mujer, se ahorcó de un tirón. Ya sólo le quedaba el abuelo, que por ser de alta tensión, cualquier mínimo sobresalto le producía ataques de epilepsia, siendo el último tan brutal que entró en coma profundo.

Así que el abuelo, o lo que quedaba de él, era el último lazo familiar que tenía y en sus manos estaba el desenchufarlo para siempre o no, pero ella no estaba dispuesta a perderlo. Le plantó al abuelo una placa solar en la coronilla, un par de molinillos de viento en cada hombro y uno de agua en el escroto lo suficientemente grande como para que con cada meada, pudiera recargar fuerzas. El abuelo, al cargarse de fuerzas positivas y energías naturales, se fue recuperando poco a poco hasta despertar. ¡Ahora está hecho un chaval!


 
Martyr - Ruth Whiting 2004

miércoles, 4 de mayo de 2011

Relatillo 0: Morirse durmiendo

El bosco, fragmento de "El jardín de las delicias"


Cuando se termina el día y me acuesto para descansar, duermo tan profundamente que es como si muriera cada noche. Cuando sueño se me presenta el cielo espumoso para encontrarme de frente con el paraíso cercado por las vallas que terminan en las puertas celestiales donde San Pedro me espera para detenerme.

Cual portero de discoteca, lo imagino vestido de corbata negra, con el mentón hacia arriba, mirada por encima del hombro y con aire desdeñoso me dice que no cumplo los requisitos, porque no soy como ellos, por no cumplir las leyes terrenales como los mortales adiestrados para asentir ante cualquier orden o moda que se les imponga para que la sigan. Allí solo entraban los esclavos de la doctrina divina que te limita a decir lo que esperan, que se siente poderosa para decir lo que está bien y lo que está mal, que discrimina, evalúa a cada persona y la encasilla en un lugar casi siempre inferior para que no la superen y si la ley sagrada tiene que pisar porque alguien se subleva, pues no hay piedad y pisa. Todos bailaban demostrando lo mejor de sí mismos, desde seminaristas hasta canis, mirando alrededor y comparándose los unos con los otros, intentando adivinar quién será el que más diste de enseñarse como es llegando a parecer hasta de plástico.

Bastó que San Pedro me alzara en el aire y me arrojara al vacio para que entendiera que no era bienvenida en aquel lugar. Estuve cayendo al vacío durante muchísimo tiempo… tanto que me dio tiempo a levantarme de la cama, apagar el despertador y volver a meterme a dormir… hasta que me zambullí en el magma pegajoso que llenaba la grieta de la tierra en la que había caído. Como por instinto comencé a bucear hacia abajo con todas mis fuerzas, en aquel mar denso de sangre que se desprendía de todos los cadáveres que iban apareciendo a la vez que avanzaba. Se les notaba tranquilos, con sonrisa despreocupada, flotando en medio de esa gelatina, sin nada en lo que preocuparse. Uno me comentó que yo iba camino al infierno y que no me arrepentiría. Pues vale, majo, gracias. Me topé de repente con una megapompa de aire que no se rompió cuando la atravesé para entrar y unirme a bailar, reír, cantar o lo que sea que estuvieran haciendo, o lo que sea que me diese la gana de hacer. En esta discoteca no había portero porque todo el mundo estaba invitado, nadie seguía un patrón de comportamiento y a todo el mundo le parecía bien lo que hicieras o dejaras de hacer, incluso las faltas de respeto daban igual porque la gente se las pasaba por el forro de sus chubasqueros de colores con una risa verdadera.


 Te sentías a gusto porque eras libre y sin límites ni fronteras, por eso la gente era mucho más imaginativa, todos eran filósofos, y se proponían ideas y abstracciones tan fuera de la realidad que podían materializarlas en el aire y alimentarse de ellas. En aquella pompa-infierno, se trataban como se tratarían a sí mismos, no había malentendidos porque todo el mundo hablaba diciendo lo que quería decir, sin más.
No volví a despertar como en los cuentos malos donde todo termina como si hubiera sido un sueño. Yo sigo viviendo en ese lugar.

viernes, 18 de marzo de 2011

Relatillo -I : El monstruo del tiempo

Reloj Docoupage
Te juro que en vez de cabeza tenía sobre los hombros un reloj enorme de pared con agujas, y en la punta de estas como los caracoles, me miraban unos ojillos redondos, que si hubieran sido las dos menos diez pase, pero siendo las seis y media sin dar aquello no había por donde cogerlo. No obstante su cuerpo fofete iba bien vestido, de traje de tres piezas en marrón clarito con una pajarita azul cerúleo y un sombrerete redondo, vamos que no se podía negar que tuviera estilo e incluso lo hubiera considerado atractivo de no ser por su evidente deformidad. Con una parsimonia casi humana, el tio estaba tranquilamente fumando una pipa de marfil con motivos florales, supongo que fumando vamos, porque a pesar de que la sujetaba en su mano, no vi boca en aquel cuadro por donde pudiera fumar. Y bueno, tranquilamente hasta que me vio, como yo hasta que lo vi a él.

En el momento me quedé tan petrificada que hasta mi mente sufrió un bloqueo total y él tampoco se movió para nada. Creo que perseguía la ilusión de que no me diera cuenta de que estaba allí sólo porque estaba quieto, como en el un, dos, tres al escondite inglés, así que lo único que se movía en toda la habitación era el segundero que no paraba de dar vueltas. Esto fue lo que terminó hipnotizándome hasta casi perder la conciencia.

Así, mirándonos sin creernos del todo, nos pasamos media hora, hasta que dieron las siete en punto y el gorrión que habitaba en el centro de su faz, aunque aparentaba estar dormido, saltó desde su escondrijo como si la vida le fuera en ello, tantas veces como horas marcaba el gigantesco cabezón de aquel tipo, haciendo que éste saltase sorprendido también a la vez que yo chillaba tan agudo que casi revientan los espejos, las estanterías se derrumban y se me salen los ojos de las órbitas.
Pensé que me venía a visitar el mismísimo monstruo del tiempo y el horror recorrió mi cuerpo empezando desde la cabeza saliendo por mis pies pasó a través del suelo a las paredes y de ahí al techo donde topó con el fluorescente que terminó por ceder al temor, y en forma de fuegos artificiales, explotó.

 “¡¡No se asuste, no vengo a pedirle puntualidad!!”, dijo.
“Ah… ¿no? ¿Lo dice usted de verdad?, entonces… seguiré durmiendo”, dije yo.

Menudo susto tan tonto…

Arantzazu San Agustín, "Monstruo del tiempo"

martes, 1 de marzo de 2011

Relatillo -II: Red de perdidos

Wifredo Lam, "La jungla", 1942


      Por la senda de follaje espeso se posaba una gruesa niebla húmeda que se podía coger a puñados para respirarla casi en forma de agua. Hacía del caminar un acto temerario y medido a cada paso que se daba pues el frío del aire se mezclaba con el del miedo que salía de las entrañas al tener que avanzar a ciegas apartando la gruesa maleza que le rodeaba con hambre intentando filtrarse desesperadamente por todos los huecos que su figura permitía. 

      Cada vez el caminar y respirar a la vez iba siendo más difícil, ya no diferenciaba sus brazos, débiles de tanto esfuerzo por seguir adelante, de las ramas fuertes opuestas a cederle un espacio, que lo encerraban en un nido sin salida. Todas las extremidades de las plantas crecían a un tiempo más avanzado de lo normal como si una magia negra los hubiera conjurado con maldad.

      Cada vez era más parte del nudo de fuerzas salvajes imposible de desenredar en el que se había metido. La lucha a muerte contra la naturaleza ya estaba perdida, y el único espacio que le quedaba eran los encharcados pulmones dentro de sí, que terminaron por sucumbir en el agobiante abrazo falso. Con la postura en la que el final lo pilló rezando, como tratando de abrirse paso con las manos en alto se quedó enganchado para siempre entre la maleza, camuflado por completo, como si fuera otra mala hierba más.

      Por la jungla de guerra terminó siendo parte de ella el que quiso abrirse camino entre lo maligno, entre lo irrespirable que puede volverse un pasaje lleno de árboles convencidos de que su derecho y deber es  invadir lo que sea a toda costa y que exhalan veneno sin antídoto.




      Como él se convirtió en un grano de arena más en aquella red de gente atrapada, él también fue atrapando cada persona que entraba en el sistema de no retorno, porque el momento del día en que él entraba no había dejado ningún recuerdo.

viernes, 18 de febrero de 2011

Relatillo -III: Cáncer de mazo

 No pensaba en nada hasta que nació, con una boca bajo el brazo y una lima en su lugar, preguntando por qué, con ganas de comerse el mundo y un buen tazón de leche con galletas de cualquier tipo. 

Fue creciendo, aprendiendo de los demás, de ella misma, de la realidad y de la ficción, de la mentira y de lo cierto, pero todavía se cree cualquier cuento bien contado. Tanto de lo puro como del sesgo se le fueron ordenando las ideas por colores, por columnas, por buenos, feos y malos, por filas, tallas y tamaños, por formas, por naciones, países y continentes, por razas, sexos y edades, se hizo una escala de simpatía, inteligencia e imagen,  y su cabeza se transformó en un archivo gigante erigido sobre mil murallas chinas.

A la vez que clasificaba ideas, sin que ella se diese apenas cuenta, con el mismo sigilo con el que el lobo se acerca a su presa, poniendo la máxima cautela para que no se le note, se le iba depositando sobre su mano predominante un sedimento que con los años tomó forma de mazo. Un mazo de esos que sirven para poner orden en la sala. 

Un día el mazo adoptó unas dimensiones tan inmensas que le aplastaron los ojos… ¡chofff! sonó, pero esto hizo que los demás sentidos se le aguzaran y al desarrollar un tacto tan fino, el gran mazo le comenzó a molestar. Así que rascó y rascó, y a la par que el mazo iba desapareciendo, su vista se recuperaba para vislumbrar cosas totalmente nuevas, diferentes a las del principio, que dieron pie a nuevas clasificaciones, nuevos muros y nuevos sedimentos.

Por allí la ves caminando todavía, luchando contra sí misma y contra las clasificaciones de ideas que hacen que llenen su mano de mierda. ¿O crees que ella no lo nota? Lucha a su manera, como puede, cayéndose y reinventándose.

Sebastian Guido Bianchi, "El juez"

martes, 15 de febrero de 2011

Relatillo -IV: Musas del viento



© Sylvia Ji, "Thunderbird"

 Las musas blancas del frío quisieron conocerme.
 Volando mientras bailaban de una forma tiritante con el viento desde el Polo Norte se deslizaron saltando de nube en nube, hasta llegar a la castellana ciudad de Salamanca. Aquí se encontraron como en casa y a su aire recorrieron cada calle nutriéndose de la sequedad de esta piedra arenosa que estiliza los paseos y deja las gargantas ásperas. La niebla acumulada del amanecer las guió hasta la Torre del aire del palacio en el que habito y se colaron desapercibidas por las tuberías que llegan hasta nuestras duchas y radiadores.

© Sylvia Ji, "Hemlock"
Entonces fue cuando se presentaron ante mí. Dos mujeres altas, ahora se les veía azules, de hielo, no les temblaba el pulso. Todavía no entiendo que se asustaran de forma tan repentina al verme que ¡no encontraron mejor escondite que mi nariz!

 Y aquí se quedaron atascadas… voy soplando trocitos de musas del frío, pero la gran parte de sus adaptables cuerpos sigue dentro. Creo que cuando las expulse del todo será cuando salgan verdes como la primavera.


martes, 9 de noviembre de 2010

Relatillo -V: Formas de mirar (02/09/10)


Un angelote regordote mira distraído desde su esponjosa nube.

Las melenas de los caminantes ondean al viento a cada paso que dan, como si fueran las banderas de su personal país. Hay repúblicas anárquicas, donde cada pelo busca hacia el sol un camino diferente; hay monarquías demócratas, donde cada fino cabello se pone de acuerdo con el de al lado para formar un estiloso flequillo; no faltan las dictaduras puras y duras, donde cualquier gorro con carisma oprime la decisión de los pelos que viven ocultos; y sólo unos pocos sufren la calvicie de la expatriación olvidándose así de sus raíces (“raíces” en todos los sentidos).


El angelote regordote disfruta distrayéndose así, observando la diversidad de ideas y pelos de cada paisano. Un picarillo diablillo observa la calle desde una alcantarilla con rendijas.

Lo más interesante que alcanza a ver son los bajos instintos de las señoras con falda y los colgantes mocos de los hombres sin pañuelo, por lo demás, todo el mundo le parece igual, menos aquellos que de vez en cuando se dan cuenta de que el picarillo diablillo está allí escondido y le tiran alguna monedilla que otra.

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