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martes, 1 de marzo de 2011

Relatillo -II: Red de perdidos

Wifredo Lam, "La jungla", 1942


      Por la senda de follaje espeso se posaba una gruesa niebla húmeda que se podía coger a puñados para respirarla casi en forma de agua. Hacía del caminar un acto temerario y medido a cada paso que se daba pues el frío del aire se mezclaba con el del miedo que salía de las entrañas al tener que avanzar a ciegas apartando la gruesa maleza que le rodeaba con hambre intentando filtrarse desesperadamente por todos los huecos que su figura permitía. 

      Cada vez el caminar y respirar a la vez iba siendo más difícil, ya no diferenciaba sus brazos, débiles de tanto esfuerzo por seguir adelante, de las ramas fuertes opuestas a cederle un espacio, que lo encerraban en un nido sin salida. Todas las extremidades de las plantas crecían a un tiempo más avanzado de lo normal como si una magia negra los hubiera conjurado con maldad.

      Cada vez era más parte del nudo de fuerzas salvajes imposible de desenredar en el que se había metido. La lucha a muerte contra la naturaleza ya estaba perdida, y el único espacio que le quedaba eran los encharcados pulmones dentro de sí, que terminaron por sucumbir en el agobiante abrazo falso. Con la postura en la que el final lo pilló rezando, como tratando de abrirse paso con las manos en alto se quedó enganchado para siempre entre la maleza, camuflado por completo, como si fuera otra mala hierba más.

      Por la jungla de guerra terminó siendo parte de ella el que quiso abrirse camino entre lo maligno, entre lo irrespirable que puede volverse un pasaje lleno de árboles convencidos de que su derecho y deber es  invadir lo que sea a toda costa y que exhalan veneno sin antídoto.




      Como él se convirtió en un grano de arena más en aquella red de gente atrapada, él también fue atrapando cada persona que entraba en el sistema de no retorno, porque el momento del día en que él entraba no había dejado ningún recuerdo.

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